miércoles, 7 de mayo de 2008

El último Katchina.



En los albores del Cuarto Mundo, cuando los estragos del hielo destructor y de las aguas ya habían sido borrados de la memoria de los más ancianos miembros de la tribu Hopi, sucedió algo que cambiaría para siempre su destino.

Como cada atardecer, el joven Igoe ascendía a las cumbres más elevadas del Gran Cañón, para inspeccionar desde ahí el vuelo de las aves y el lento declinar del astro rey, Tawa. A diferencia de sus amigos, que preferían dedicar su tiempo libre a practicar la caza o a cortejar a las mujeres, él ascendía a lo más alto de las montañas y allí, donde nada ni nadie podía molestarlo, se entregaba por completo a la meditación y a la contemplación de las estrellas.



Aquella tarde empezaban a verse como nunca, brillantes como las luciérnagas que habitaban junto al río, pero inmóviles, como si fueran columnas puntuales que sostuvieran el firmamento. Igoe las observaba, atento a cualquier nueva chispa que se encendiera, mientras recordaba las palabras de su padre, cuando lo llevó a ese mismo lugar y le enseñó a respetar el silencio ante los dioses de los cielos.

Las sombras se apoderaban de las gigantescas hendiduras de la llanura encrespada, y la inmensidad y el vacío iban apaciguando el eco de sus habitantes, conforme la luz se desvanecía y el misterio se adueñaba por completo de la región. Los dioses, como cada tarde, pronto entonarían sus rezos silbando a través de la roca, el viento y el agua.




Y justo cuando el espíritu de Igoe estaba en paz, escuchó un leve tintineo que procedía de una cumbre lejana. Se giró, muy despacio, temiendo que fuera algún animal al acecho, pero no vio nada. El sonido no desaparecía, pero sus ojos de halcón eran incapaces de distinguir nada que no fuera piedra y arbustos.

Intrigado, se levantó y comenzó a trepar y a saltar hasta alcanzar la cumbre de la que procedía aquel extraño y armónico ritmo, semejante al que entonaba su pueblo las noches señaladas, en torno al fuego. Y al fin lo vio, con los últimos rayos enviados por Tawa: un muchacho más joven que él, ataviado con extrañas ropas, danzando sobre sí mismo de una forma tan hipnótica que Igoe apenas podía creer lo que estaba viendo.





En ese momento, se escuchó el ruido de un trueno. Nada más oírlo, el bailarín cesó su danza, y se ocultó, asustado. Cuando Igoe llegó ante él, supo que se hallaba en presencia de un Katchina, uno de los seres venidos del cielo para transmitir su sabiduría al pueblo Hopi. Lo supo porque reconoció en aquel vestido el de los juguetes con los que él y sus amigos se divertían de pequeños. Su padre le había dicho que los hacían con la forma de los Katchinas para que, si se daba la circunstancia de que un Katchina real aparecía, no les cogiera por sorpresa o lo confundieran con un enemigo.

Sin embargo, la forma tosca de sus juguetes en nada se parecía a los rasgos de aquel joven, de tez pálida y sonrisa de diamante. “Ayúdame, Igoe, pues soy el último de los Katchinas, su último emisario.” Y cuando escuchó su voz, pidiéndole protección de los truenos, Igoe sintió que aquella criatura era capaz de suscitar un efecto tan hipnótico a través de sus palabras como de sus gestos. “A cambio”, le dijo, “te haré depositario de las nueve señales que tu pueblo habrá de presenciar antes del fin del Cuarto Mundo.”

Igoe accedió, y construyó un refugio para ambos en aquella misma cumbre. Y allí, sentados y al abrigo de aquellos truenos cada vez más cercanos, el último Katchina le reveló sus secretos.



“La Primera Señal llegará en forma de hombres blancos que se apoderarán de vuestras tierras empleando truenos, semejantes a los que ahora asolan el valle. La Segunda Señal vendrá a lomos de ruedas de madera, llenas de voces. La Tercera Señal será un animal de grandes cuernos, propiedad del hombre blanco. La Cuarta Señal serán serpientes de hierro que cruzarán las praderas. La Quinta Señal será una gigantesca telaraña que cubrirá los cielos. La Sexta Señal serán ríos de piedra que formarán imágenes a la luz de Tawa. La Séptima Señal será el mar vuelto negro como la noche, con sus animales muertos. La Octava Señal será portada por jóvenes de largo cabello, que huirán de la ciudad y buscarán la sabiduría natural. La Novena y Última Señal será la caída de una gran morada de los cielos a la tierra, que provocará gran estrépito.”

Igoe escuchó atentamente, y no pudo reprimir las lágrimas al escuchar el final de la historia del Katchina: “Tras las Señales, se producirán grandes guerras entre los hombres, y el resultado será terrible, con gigantescas columnas de humo aniquilando la vida de animales y de hombres. La mortandad será horrible.”




Mucho ha llovido desde que Igoe despertó, a la mañana siguiente y descubrió junto a él un anillo capaz de desdoblarse en dos. Era una ofrenda del último Katchina como prenda de su afecto, que había dejado allí antes de desaparecer sin dejar rastro.

Y aunque tuvo una larga vida, ni Igoe ni sus hijos pudieron ver y sufrir en sus carnes la Primera Señal: fueron sus nietos los que combatieron a los soldados norteamericanos, los que cayeron bajo el glorioso estrépito del séptimo de caballería. Los carromatos que trasladaban al hombre blanco a las tierras recién conquistadas llegaron después, con el ganado que traían consigo. Poco después llegarían los primeros raíles y los ferrocarriles comerciales, y cuando el linaje de Igoe ya estaba a punto de extinguirse, el primer tendido eléctrico surcó las praderas por donde antaño se cazaba el búfalo.

Muchos ciclos lunares hubieron de pasar para ver las carreteras y autopistas destruir el paisaje, o los océanos cubiertos de petróleo en las costas de numerosos países, así como las primeras celebraciones hippies o los fracasos de la carrera espacial.

Y por suerte, ni Igoe ni los suyos presenciaron el horror de las Guerras Mundiales, el holocausto o la detonación de las bombas atómicas, cuyas gigantescas columnas de humo aniquilaron animales y hombres.

Cuenta la leyenda que mucho antes de que todos esos acontecimientos tuvieran lugar, cuando Igoe estaba en su lecho de muerte, rodeado de su esposa, hijos y nietos, pidió que abrieran el techo de la tienda: “Quiero ver las estrellas por última vez”, dijo. Y al abrirse ante él el firmamento sostenido por columnas brillantes, volvió a escuchar la risa del Katchina, lo vio danzar a la luz de los últimos rayos de Tawa, y supo que a partir de entonces sería él quien estaría protegido y a salvo de cualquier peligro.





(Visita al Grand Canyon Park, 3 de mayo de 2008. Cuento basado en las leyendas tradicionales Hopi)

martes, 6 de mayo de 2008

Sin City



La ciudad de luces brillantes encenderá mi alma,
la va a poner al rojo vivo.
Tengo un montón de dinero esperando para quemarlo,
hay mil mujeres hermosas esperando ahí fuera
y están todas viviendo como si al demonio le importase.
Quizá yo sólo soy el demonio con amor de sobra.
¡Viva Las Vegas! ¡Viva Las Vegas!



Cómo desearía que hubiera más
de veinticuatro horas al día,
porque incluso si hubiera cuarenta más
no dormiría ni un solo minuto.
Oh, tienes el Black Jack
El Póker y la ruleta de la suerte:
La fortuna gana y pierde cada apuesta.
Sólo se necesitan un corazón fuerte
y unos nervios de acero
¡Viva Las Vegas! ¡Viva Las Vegas!




Viva Las Vegas con sus flashes de neón,
y el choque de los ladrones de un solo brazo
que lanza todas las esperanzas por el desagüe.
Viva Las Vegas que vuelve en noche cada día
y cada noche la convierte en luz propia.
Si la contemplas una vez
ya nunca volverás a ser el mismo.



Voy a seguir en la carrera.
Voy a pasármelo de muerte,
aunque me cueste el último céntimo.
Y si termino en bancarrota
siempre recordaré que tuve mi momento.
Voy a entregar todo lo que tengo,
Lady Suerte, mantén los dados calientes.
Déjame gritar un siete en cada tiro:
¡Viva Las Vegas! ¡Viva Las Vegas!
¡Viva, viva, Las Vegas!







(Las Vegas, 02/05/08. Traducción libre de Viva Las Vegas!, de Doc Pomus y Mort Shuman)

El azabache de una falsa amistad.




Lo veía venir, y sin embargo no hice nada, o al menos no lo que debía. Eso pensaba al inicio de este extraño viaje. Lo veía venir, sabía que el problema tenía un origen y presagiaba unas consecuencias, y sin embargo me dejé engatusar por aquella retórica fácil, simplista y, sin embargo, conmovedora. Ahora tengo la sensación de haber cultivado una mala hierba, que amenaza con destruir este jardín que ha sobrevivido a lluvias, viento, nieve y frío, y que ahora palidece ante un rostro tan dulce en apariencia como podrido por dentro.

A fin de cuentas, miles de años de evolución del lenguaje no han sido suficientes para que éste sea siempre una fuente de malentendidos, fallos de comprensión o interpretaciones tergiversadas de los hechos. No es suficiente que las distintas ramas que estudian sus fenómenos intenten ponerse de acuerdo y convertir lo arbitrario en convencional, y por ello persisten aún las ambigüedades, las ambivalencias y esa polisemia que es origen de tantos problemas.

Sumemos a eso ahora más obstáculos, como por ejemplo la imposibilidad de una integración cultural plena, esa hipocresía del multiculturalismo que defiende una realidad utópica e inexistente donde los distintos grupos étnicos y raciales no sólo conviven, sino que se mezclan, interrelacionan y compenetran de tal modo que es casi imposible distinguirlos. Algo absolutamente absurdo cuando precisamente la defensa de sus tradiciones, costumbres, ritos y lenguajes los aíslan y condicionan, pues el signo definitorio aleja al tiempo que define.

Aquí desde luego no existe tal mezcla, apenas hay convivencia pacífica y mucho menos comunicación en un teatro social donde incluso dentro de cada grupo cada uno tiende a lo suyo, a lo propio, a lo particular del pequeño microcosmos que da sentido a nuestra vida cotidiana. Y aunque se nos llene la boca hablando de lo buenos, generosos y abiertos que somos, en realidad no hace falta una gran prueba que demuestre la gran mentira en que nos dormimos arrullados cada noche: el más insignificante de los favores, el más nimio sacrificio se torna en un imposible, en un absurdo, y la avalancha de justificaciones es tal que abruma casi tanto como la certeza de que, una vez más, el lenguaje sólo se emplea para ocultar, disfrazar o maquillar esas verdades como templos que, en el fondo, se reducen a los escombros de nuestra miseria personal.

La cara oculta de ese egoísmo, del profundo egoísmo que envuelve tales actos donde no importa utilizar los sentimientos de los demás, sus cuerpos, sus ilusiones o expectativas, sale sólo a relucir cuando escuchamos una determinada combinación de palabras no deseadas: “no me parece bien lo que estás haciendo, estás manipulando, engañando, mintiendo y encima lo recubres todo de bondad y nobleza infinita. Pregonas la blancura de tu espíritu de alquitrán, aun cuando la tinta negra resbala por tus mejillas sin que te des cuenta. Y cuando alguien alude a ello, cuando alguien siquiera lo menciona, entonces saltas y acusas y atacas, y empleas esas mismas diferencias culturales, que antes te saltabas alegremente, como barreras insondables, porque ellas explican el choque que ayer era imposible y hoy resulta inevitable.”

Todo vale, en el fondo, para justificar la soledad, la inmensa soledad en la que vives y has vivido siempre, y que no está motivada por los ataques de los otros hacia tu cultura, o por tu exceso de bondad en un mundo cruel. Lo único que ocurre en realidad es que tus propias limitaciones te impiden desenvolverte con habilidad en el entramado social: es tu egoísmo, tu indiferencia y el alegre recurso del victimismo lo que te ha impedido e impedirá avanzar en tu vida, pero no te darás cuenta de eso porque bastante tendrás ya con seguir buscando combinaciones de palabras que quieras escuchar, manipulando, tergiversando y aprovechándote de los variados y numerosos senderos que tiene el lenguaje para justificar lo injustificable.

Si ni siquiera somos capaces de establecer una comunicación real, sincera y constructiva con nosotros mismos, qué decir de hacer lo propio con quienes nos rodean. Y si lo primero es, para algunos, tan imposible como respirar en el espacio profundo, lo segundo ya es pretender que alguien oiga nuestro lamento en el mismo azabache interminable en que se malogra el eco de la conciencia.





miércoles, 30 de abril de 2008

Primavera que no llega.


Señora Spring, me trae usted de cabeza.
Hace tiempo que la espero impaciente
y no es sólo que crea que me miente
sino que el verme le da hasta pereza.

¿Qué es lo que hay aquí que tanto odia?
¿Por qué ese permanente rostro frío?
¿Para cuándo el final de tanto hastío
que sólo nos conduce a la salmodia?

Me siento Penélope en su odisea,
tejiendo día y noche la esperanza
de verla subir al palco de platea

y explicarle al público su tardanza,
intentando apaciguar la marea
que no entiende esta ausencia de mudanza.


Victorioso y sonriente.


Benjamin Hollow se levanta cada mañana a las seis en punto. Le cuesta una barbaridad, pero es la única forma de obligarse a dormir temprano, de no gastar las horas de la noche jugando a los videojuegos y robándole horas a un sueño precioso. Apenas desayuna, una taza de té le basta para salir de la residencia a toda prisa y tomar el autobús. Siempre puntual, el Central Lake nº 1 lo lleva desde el impresionante edificio en el que vive, frente al Lake Shore Av., hasta el campus de la universidad de Chicago, ocho bloques de distancia en apenas cinco minutos.

Todas las mañanas de aquel curso piensa lo mismo al verse reflejado en el cristal, mientras el paisaje urbano desfila a su lado: echa de menos California, extraña la arena de sus playas y el calor de su gente cada día de este 2008 plagado de nieves, lluvias y viento. Jamás habría podido imaginar que Chicago fuera tan terrible como le había dicho su abuelo, que estudió aquí durante su juventud, apenas cumplida una mayoría de edad que es justo la edad de Benjamin o de Ben, que es como le conocen todos.

Tiene seis horas de clase por delante, tres horas más de laboratorio, una buena sesión de lectura en la biblioteca Regenstain y apenas media hora de descanso para comer, quizá algo rápido en la cafetería de Cobb, en el Center of Study Languages, donde intenta ponerse al día con un español que aún sigue sonándole macarrónico. Lo que más aborrece es la clase de química, porque tiene una profesora que parece disfrutar más de la compañía de las probetas que de los seres humanos, todo lo contrario que él, siempre dispuesto a la broma, a crear un ambiente distendido y a ponerle una sonrisa a ese clima que termina por congelar hasta el más templado de los ánimos.

Lo bueno que tiene hablar otro idioma es la posibilidad de desinhibirte, de despreocuparte de cómo suenas, de intentar expresar todo cuanto tienes dentro con apenas unos pocos recursos. Algo parecido, en el fondo, a lo que tiene que hacer los miércoles en sus ensayos de teatro, cuando se pone máscara tras máscara para interpretar a los más variopintos personajes. Allí, en el Reynold’s club, es donde se reúne casi todo el mundo para tomar algo, jugar al billar o preparar la próxima fiesta. Este sábado una de las fraternidades organizará una buena, eso le han comentado, y a tenor de lo que ocurrió la última vez no piensa perdérselo (aún recuerda el acento intenso de aquella chica francesa, y la humedad del beso en mitad de aquel estruendo de música y gritos de júbilo).

Pero Ben no tiene tiempo de pensar ni siquiera en eso, porque los martes toca fútbol, otra de esas pasiones que cultiva cuando dispone de algo de tiempo libre, y allá que va con sus pequeñas botas, dispuesto a ponerle una nueva sonrisa a todo aquel que le toma el pelo cada vez que falla una ocasión (y no suelen ser pocas), a correr de una lado para otro y dar rienda suelta a toda la energía que no puede liberar en el resto de la semana. Y le da igual que sea de noche, que haga frío o que el campo esté completamente embarrado, él sube, baja, se cae y se levanta siempre con la sonrisa puesta y con todas las ganas del mundo para exprimir al máximo cada instante de su primer año universitario.

Eso sí, cuando llega el momento, también sabe ponerse serio, especialmente en ese laboratorio en el que está empezando a descubrir lo mucho que ignoraba acerca de la estructura molecular. Y es fabuloso ese ambiente de trabajo donde cada elemento funciona como la pieza de un reloj, moviéndose al compás en una armonía sólo superada por la perfección de los instrumentos que está aprendiendo a manejar: las ruedecillas del microscopio, el condensador de líquidos y esa otra máquina giratoria que todavía no le dejan tocar porque le ven aún cara de niño y piensan que la va a romper a la primera.

Los días se pasan volando con tanta actividad, porque las clases suceden a los entrenamientos y estos a los ensayos, al laboratorio y a las fiestas que van jalonando meses llenos de nuevas experiencias. No hay semana que no conozca a alguien nuevo, que no mantenga una charla con una persona que ha recorrido miles de kilómetros para estar ahí junto a él, abriéndole ventanas a otras realidades, y se le hace la boca agua pensando en la beca Flag que le pueden dar para visitar un país de habla hispana (no le van a entender, cuenta ya con eso pero le da igual, porque sólo de pensar en la luz de Barcelona, Cuba o Buenos Aires se le ilumina aún más el rostro).

Por todo ello, cuando llega a casa, pasadas las once de la noche, Ben está tan cansado que sólo tiene ganas de cenar algo rápido y meterse en la cama. Su compañero de habitación ya lleva un rato durmiendo, y tiene por costumbre respirar tan fuerte que a Ben le costará conciliar un sueño tan reparador como merecido.

Justo antes de dormirse suele recordar las palabras de su abuelo, ese que recorrió hace décadas el mismo camino en la misma universidad, y que antes de despedirlo en el aeropuerto le dijo que lo envidiaba, que daría lo que fuera por recuperar el tiempo perdido, su juventud y aquella energía que antes derrochaba para acometer todas las empresas y salir, como hace ahora Ben Hollow cada día, victorioso y sonriente, (esto último marca de la casa).

domingo, 27 de abril de 2008

Citius, altius, fortius.


Volvía esta mañana de la biblioteca y he asistido a uno de los espectáculos más lamentables que recuerdo desde mi llegada a esta ciudad. En un campo de béisbol que hay anexo a la residencia de estudiantes se ha producido un incidente entre el entrenador de un equipo juvenil y uno de los muchachos, apenas un crío, al que ha reprendido con una crueldad infinita, hasta hacerlo abandonar el campo entre lágrimas y las miradas de indiferencia de sus propios compañeros.

Debían estar preparando un partido vital porque se les notaba la tensión a todos, las miradas compungidas y el nervio en cada gesto, en cada movimiento, en cada palabra agresiva que nacía del uno y era recibida con la rabia y la impotencia de quien se sabe en una posición inferior.

Importante, pero que muy importante debía ser ese partido, y ni aún así se explica que tuviera semejante repercusión esa bola fallada, una de tantas en un deporte en el que hace falta entrenar duro para golpearla como es debido, y que provocara semejante reacción en un hombre adulto y, supuestamente, mayor también en edad mental que ese chaval al que se acercó como si se lo fuera a comer vivo. Muy mal debía estar jugando, muy irritante tenía que haber sido cada uno de sus muchos fallos, y ni siquiera eso justificaría semejante tono pendenciero, chulo e impertinente.

Y todo por la pura y asquerosa competitividad, por ese miserable afán de ser siempre mejor que los demás, más que los del equipo rival y que el tuyo propio, en el caso de que hayas optado por compartir algo de tu gloria con otros pobres mortales, -porque también podrías agarrar una raqueta y partirte el pecho tú solo contra el mundo entero y así tu gloria sería aún más épica, más meritoria, si cabe-.

Y yo me preguntaba, atónito, que para qué, con qué objeto se deja uno la piel corriendo y entrenando, o empujando, agarrando, golpeando y maltratando a los otros, si al final toda esa supuesta gloria se queda en la nada del inframundo del deporte que no se ve ni se oye ni se conoce porque no aparece en las portadas de los periódicos, ni en los telediarios ni en Internet, para qué gastar horas y horas sudando, sufriendo y tomando bebidas isotónicas, si en el fondo te falta el talento, la fuerza, la velocidad o la altura suficiente para alcanzar esa décima de más, la frialdad a la hora del mate, la genialidad para clavarla por toda la escuadra o para batear como ocurre sólo en las películas, que es lo que parecía pretender semejante energúmeno de aquel crío.

Años enteros malgastados en campos de tierra o de césped artificial, en gimnasios malolientes que no acumulan tanto talento como sudor y sueños incumplidos, años enteros de una vida perdidos de la manera más lamentable por una estúpida e idealista visión de lo bueno y saludable que es el deporte, todo eso y más se tenía que estar preguntando ese muchacho al entrar en el vestuario, solo y sin equipo que actuara como tal y no como habían hecho minutos antes, ignorando por completo el sufrimiento de alguien cuyas lágrimas revelaban que, al menos hasta ese momento, todavía tenía ilusión por un deporte, por el deporte en general, por ese sueño plagado de pobres frustrados que lo único que hacen, lo único a lo que pueden aspirar, en realidad, es a convertir a todos aquellos que les rodean en personas tan tristes, enrabietadas y amargadas como ellos mismos. Qué vergüenza.

miércoles, 23 de abril de 2008

La luz al final del túnel.



Hay quien opina que conocer a un autor no es imprescindible para valorar debidamente su obra. Según esta teoría, El Lazarillo de Tormes se puede leer sin ninguna necesidad de conocer quién lo concibió (un genio, vaya por delante), y aunque no supiéramos quién es Rojas, o si le ayudó alguien más a redactar su inmortal Celestina tampoco pasaría gran cosa, en realidad, porque lo que interesa es aquello por lo que han pasado a la historia literaria, sus textos, los mismos que se leen desde hace siglos con igual pasión e interés.

Otros dicen, en el lado opuesto, que cuanta más información se tenga en mejor disposición estaremos para descodificar un texto literario. Conocer la vida del autor, sus preocupaciones, inquietudes e intereses nos proporciona datos interesantísimos para no hacer lecturas tergiversadas o simplemente erróneas. De este modo, determinadas claves, guiños biográficos o alusiones cobran pleno sentido cuando tenemos esa información de fondo, que nos permite controlar mejor nuestra interpretación y evitar que se nos aleje demasiado del propio texto.

Pensaba yo sobre todo ello esta misma tarde, mientras asistía a una triple sesión de teatro universitario que convocan cada miércoles en el Reynold’s Club, una tradición impulsada, fundamentalmente, por la dedicación e interés de un grupo de voluntariosos estudiantes.

La primera de las obras trataba, en dos actos, de la transición a la madurez en el sistema educativo norteamericano. Los personajes representaban tipos más bien arquetípicos (la niña pija y princesa, el obeso acomplejado, el gracioso, la sabelotodo irritante, el introvertido y la estrambótica hippie idealista, entre otros). Era una representación fresca y divertida, con unos diálogos que combinaban momentos brillantes (el gracioso era para mondarse), con otros que revelaban el grado de inexperiencia de su joven escritor, un antiguo alumno mío que tuve en otoño.

Tobías, que así se llama el estudiante en cuestión, era un muchacho apocado y tímido que apenas hablaba en clase. Cuando lo hacía se trababa la lengua, se avergonzaba y se callaba inmediatamente. Él mismo se dio cuenta de que necesitaba reaccionar, pero su timidez sólo le permitió solicitar horas especiales de tutoría para paliar sus carencias. Eso sí, le puso tal empeño que pronto pasó a estar al mismo nivel que el resto.

Aquellas clases particulares me permitieron conocer, además, a una persona sensible, con una capacidad de observación poco común y un gran sentido del humor, algo que jamás habría podido pensar de haber contado sólo con la imagen que él mismo proyectaba en clase.

Recuerdo que el último día que lo vi, el del examen final, esperó a que terminara para darme las gracias por el tiempo que le había dedicado. Se le notaba contento por su nota, que había ganado con todo el merecimiento, pero sobre todo porque con esa inyección de autoconfianza sabía que había entrado en la dinámica necesaria para afrontar otros retos en el futuro. Y me alegré mucho por él, porque el Tobías que vi salir aquella mañana poco o nada tenía que ver con el que entró el primer día de curso.

Recordaba todo esto en plena representación de su obra, y no podía evitar, desde esa experiencia de meses que compartimos, juzgar todo aquello bajo una perspectiva diferente a la del resto del público. Conste que no considero que una sea mejor que la otra, porque insisto en que esto es cuestión de gustos, pero yo no podía dejar de ver en el personaje introvertido una fiel reproducción del autor.

Todos los signos apuntaban a la importancia de dicho personaje, desde su situación central en escena a su papel en la obra, abriendo y cerrando siempre los actos, con más líneas y peso que el resto, y con la mayor carga de profundidad psicológica.

Mientras que los otros personajes representaban, con más o menos fortuna, los estereotipos ya citados, el suyo tenía un volumen superior y se le notaba lo autobiográfico, con la dosis de cariño y subjetividad que ello implica, por todas partes: pasajes enteros de la obra eran transcripciones literales de redacciones biográficas que yo mismo le corregí, donde me hablaba de su afición a las consolas, la vergüenza antes de pedir una cita a una chica, etc… Es curioso cómo nos dejamos ver cuando juntamos unas pocas palabras, el modo en que nos vaciamos y somos legibles para todo aquel que tenga ojos para ver, porque ahí mismo, en escena, estaba Tobías expresando su incertidumbre ante el futuro incierto que vislumbraba en su adolescencia.

Cuando terminó la obra y me acerqué para darle la enhorabuena, me lo encontré rodeado de gente que lo felicitaba, amigos y aspirantes a novias que lo encumbraban con sus besos y abrazos. Y verlo ahí, pletórico y exultante, fue como asistir al final del inexistente tercer acto de su obra, uno que seguramente dentro de poco incorporará a su texto sin que nadie sospeche, sepa o intuya la importancia de dicho éxito, la larga y necesaria marcha que hizo falta para ver algo de luz al final del túnel de la duda, del miedo al fracaso y del temor de no estar a la altura del resto.

Una duda, un miedo y un temor que certificaron su acta defunción esta misma tarde, al sonido de los cálidos aplausos de su público.

Enhorabuena, Tobías: te lo has ganado.