
El día catorce de septiembre de 2007, sobre las doce del mediodía, me encontraba en una céntrica calle de Chicago en busca de una salida hacia el Lake Shore Avenue, que sigue durante varios kilómetros la orilla del lago Michigan hacia el sur. Estaba consultando el mapa cuando de pronto escuché el grito de un policía. Al alzar la vista me encontré con un enorme afroamericano que tenía el puño alzado sobre mi nariz, posiblemente con más intención de asustarme que de agredirme.
Y a fe que lo hizo. Sin embargo, nada más comprobar que había sido descubierto por la autoridad se acobardó, mascullando al pasar a mi lado “Scared, um?” (¿Asustado, eh?), y luego siguió su camino con andares de ballenato. El policía aparcó a mi lado, y sin bajarse del vehículo me preguntó que si estaba perdido. Yo le respondí que no, que sólo estaba comprobando el número de la calle en que me encontraba, y tras intercambiar alguna información más sobre mi destino e intenciones, me dijo lo siguiente:
- Mira, hijo, esta ciudad no es para dar paseos solo, ni de día ni de noche. Toma un autobús, que te dejará en tu residencia en veinte minutos, y si quieres sacar fotos mejor te compras una guía turística. Has tenido suerte de que estuviéramos por aquí.
Y se fueron, tras asegurarse de que salía de aquella zona por mis propios medios. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que podía haber pasado y no pasó, y cuando hice el sagrado juramento de no volver a cometer la imprudencia de pasear por pleno centro de la ciudad a las doce del mediodía en una ciudad plagada de policías, por contradictorio que esto pudiera parecer.
Recuerdo que al llegar a la residencia, veinte minutos después, me sentía algo confuso. No había hecho más que llegar a la ciudad y acababa de recibir una bofetada de esas de la realidad que tan beneficiosos efectos tiene para la salud. Me sentía bastante desorientado y confuso. Estaba a casi ocho mil kilómetros de mi hogar, sin amigos ni conocidos a los que acudir, solo y a expensas de las paradojas de aquella ciudad que ni conocía ni alcanzaba a entender.
Perdido en Chicago, así estuve durante varios días hasta que poco a poco comencé a integrarme en una realidad que ahora abandono casi de la misma forma en que llegué, con otra bofetada de realidad, esta vez múltiple pero con un rostro mucho más amigable: el de las personas de las que me he ido despidiendo estos últimos días.
Cada abrazo y cada adiós han sido un nuevo jarro de agua fría, porque me han hecho darme cuenta de lo mucho que ha cambiado mi situación en apenas nueve meses. Decir adiós a Lidwina, Nene o Mario Santana me ha servido para entender que cierro un capítulo laboral lleno de retos y satisfacciones, y hacerlo después con los últimos compañeros y amigos de aquí ha reforzado esa sensación de amparo que tanto me ha mantenido con la moral por las nubes, la vista al frente y el espíritu alto. No se puede pedir más.